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FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA

"No es lo mismo educar para que
sean un deportista de elite, para
que sean o que quieran ser y
salgan como puedan, o para
hacerlos buenos y felices"
J. L. Aberasturi

En algunos espacios anteriores se ha mencionado que el futurólogo A. Toffler, había dividido la historia de la humanidad en tres grandes "olas", a saber: "la agrícola"; "la industrial" y la"revolución informática". Hoy, muchos estudiosos de la evolución social y organizacional han venido hablando de: "La Era de la Conciencia", liderada por acreditados investigadores, entre los que se pueden mencionar figura: J. Clajaped, quien en referencia a esta nueva "ola" afirma lo siguiente: "La conciencia, la comprensión de las personas y cosas que le rodean y de sí mismo, no nace con el sujeto, ya que no es un producto espontáneo, natural, sino el resultado de la interacción acción". De esta expresión se puede deducir entre otras cosas lo siguiente: en esta época prevalecerá por encima de todo el capital cultural. Es un período de transformación turbulenta cuya columna vertebral está representada por relaciones venturosas, valores y visión compartida, responsabilidad social, creatividad y colaboración con todas las personas en los escenarios en donde se deba actuar. Con este nuevo enfoque, las sociedades y el mundo organizacional están cambiando más rápidamente que nunca antes.

 

Esta nueva panorámica reclama un nuevo enfoque en la educación básica: ¡la del hogar! por cuanto los padres -como líderes naturales y comprometidos con la educación y formación de los hijos-, deben tomar en cuenta dos conceptos fundamentales e inculcárselos: Cuál es la misión y visión que deben desarrollar. Es decir a la hora de educarlos, lo primero que deben desarrollar es un proyecto de vida. Esto significa que se debe tener muy claro a dónde deben llegar; en otras palabras, se debe clarificar la meta y el propósito de la existencia. Los padres biológicos o los reemplazos físicos de ellos tienen una gran influencia en la formación de la prole, por cuanto con sus "rasgos parentales" influyen directamente en el estilo actitudinal de aquéllos; en consecuencia, las madres o los padres deben escoger el mejor modelo conductual, por cuanto lo que se hace sin "querer queriendo" de cara a los hijos será necesariamente secuela de lo que se hayan propuesto que sea.

Sin lugar a dudas para la formación de conciencia se hace necesario diseñar un proceso educativo basado fundamentalmente en los principales principios éticos y valores, como por ejemplo cuál es el significante de ser buenos y felices, sin perder de vista el siguiente axioma:"que para ser feliz hay que ser bueno", En consecuencia un proceso de formación para la conciencia es educar a los hijos para el bien, para que sean buenos; es decir, para que sean felices y seres socialmente útiles. Lógicamente, este tipo de formación se fundamenta en la esencia verdadera del BIEN y de la FELICIDAD, no de sucesos extemporáneos.

Desde el punto de vista de liderazgo tanto familiar, académico, como organizacional, formar a los hijos, alumnos o a los más cercanos seguidores para que sean buenos, educarlos para el bien, que tengan un estilo actitudinal sobresaliente tal vez sea una intención en el subconsciente y, quizás, sea lo que menos se han planteado de verdad las personas que tienen ese importante rol de ser formadores de mujeres y hombres sanos y prósperos.

Los que están comprometidos con este proceso de ser formadores para la conciencia deben hacerse frecuentemente las siguientes inquietudes: ¿cuántos líderes -padres, educadores y "jefes"- reflexionan sobre estos asuntos cuando dialogan con sus hijos, alumnos y/o seguidores? ¿cuántos de estos líderes juzgan si sus seguidores están siendo buenas personas o se están descarrilando? ¿la visión de los procesos de aprendizaje y capacitación, son sólo los estudios escolásticos? ¿cuándo se les plantean estos principios? ¿en cuál momento?

Sin vacilaciones, que los procesos de formación de la conciencia representan un gran reto para los líderes (madres, padres, maestros, supervisores, gerentes), por cuanto es importante comprender bien qué es, cuál es la función de la conciencia; máxime en un mundo donde parece que resaltan más los sinrazones de lo inmoral, donde parece tomar cada vez más cuerpo la oscuridad de las conciencias, y donde se percibe que el derecho a lo malo toma posesión -incluso en los aspectos de administración de justicia, cada vez más atrevida-, frente a la obligación de proceder correctamente. La conciencia es un juicio de la razón que señala lo que es bueno y malo en el comportamiento personal, por cuanto la facultad cognoscitiva es capaz de conocer y entender la naturaleza de las cosas y su ordenación real. Es decir, la conciencia juzga -se pronuncia, emite un juicio de valor, de valor moral- sobre el sentido de las acciones o de las omisiones personales, ejecutando los dictados, universales e inmutables de la ley moral.

Para garantizar el proceso de formación de la conciencia se requieren ciertas competencias básicas: 1) la ejemplaridad de los líderes. Esto es lo primero. El clima moral en donde se desenvuelven los hijos, alumnos y seguidores es fundamental, por que reafirma sus bases en la calidad del afecto que brindan los líderes, por cuanto observan y almacenan lo que observan, atan cabos, imitan, clasifican lo que han observado y muy a menudo se alinean así posteriormente con esos consejos morales específicos que han recibido, deliberadamente o casi sin darse cuenta; 2) cariño (comprender y exigir): la ejemplaridad no es suficiente, sólo el cariño impulsa, éste es educativo porque lo que más estimula a la actuación sana y feliz es el cariño. Los seguidores -hijos, alumnos, subalternos- perciben que, cuando se les exige el cumplimiento de un deber, se les hace con cariño; y 3) corresponsabilidad y coherencia. A la hora de brindar educación y capacitación es imprescindible que los líderes vayan a la par, por el mismo camino, aunque se distribuyan los roles y responsabilidades.

En este proceso de formación de la conciencia es de vital importancia enseñar con la propia vida, para poder darles lo que realmente esperan de sus líderes: ¡El mejor ejemplo!