LA AUTOCRACIA Y LA
IMPOSICIÓN DEL CAMBIO

"El cambio organizativo puede generar
ansiedad y estrés en los individuos.
sin embargo, demasiado estrés puede
provocar el rechazo a los cambios,
llevándoles, en algunos casos,
a tratar de bloquear el plan"
L. R. Gómez-Mejías

En esta época en donde el cambio es la norma en este complejo mundo global competitivo, reclamando tanto de los líderes públicos, como de los corporativos una gran competencia intelectual en el orden de ideas de planificar de la mejor manera los cambios que se pretenden implementar, con la finalidad de que las personas que estén comprometidas con el mismo ofrezcan menos resistencia en su contra. La aceptación -o no- de cualquier proceso de transformación debe ser siempre hacia el logro de mejoras y nunca ir hacia atrás, y esto depende directamente del estilo de líder. Cada día más, la experiencia verifica que si el líder es democrático y participativo utiliza el estilo persuasivo para gestionar el cambio, pero el caso contrario también es verdad: cuando el líder es autocrático el cambio es impuesto por el poder de posición es decir, por la fuerza; en consecuencia, existe un gran rechazo de parte de los individuos afectados por cuanto este tipo de liderazgo para nada consulta a sus subordinados y -en consecuencia- "envía" su imposición de respuesta desde la cima; además, utiliza el conflicto, la ira y las pugnas para inspirar y presionar a las personas, manipulando a éstas últimas para mantener los nexos de poder controlados por él.

La cultura social, igual que la empresarial, está constituida por un sistema de valores, creencias, asunciones y normas compartidas que une a los miembros de estos escenarios en la mejor forma de alinearse para lograr las metas de excelencia propuestas. Es decir, la cultura -en cualquier ámbito- indica a las personas la "mejor manera de hacer las cosas".

Desde el punto de vista organizacional y/o institucional, existen tres niveles de cultura: a) la cultura visible: la cual incluye aquello que las personas pueden oír, ver o sentir, como la manera de vestir formal o informal de la gente; b) los valores declarados: representados por los valores que subyacen en las decisiones que se conciben y adoptan en cualquier contexto; y, c) las creencias centrales o básicas: que son los valores fundamentales que las personas asumen sobre lo que es importante -o no- para la organización y/o institución. Esta serie de lineamientos filosóficos, que influyen directamente sobre el estilo conductual individual y la suma del colectivo, es respetado y administrado inteligentemente por los líderes democráticos, por cuanto siempre están comunicando la visión y la trayectoria hacia delante, enfocada y no complicada, trayendo como consecuencia que este líder es respetado por la claridad de la imagen global. Mientras que los autocráticos, no respetan estos lineamientos filosóficos, queriéndolos cambiar radicalmente por la coacción y la pujanza, sin tomar en cuenta la trayectoria histórica de la organización y/o sociedad; por supuesto, en este orden de ideas la mayoría de los afectados rechaza este estilo de actuación, por cuanto las relaciones entre la conducta esperada y la ética marchan por caminos diferentes. Por tal motivo, con los componentes de este tipo de escenario las personas -lejos de estar felices- demuestran un alto índice de tristeza.

Los líderes autocráticos bajo ningún motivo respetan la ética a sabiendas que la misma -desde el punto de vista de lideranza- es un componente muy significativo. Ésta influye directamente en los principios fundamentales de la vida que pueden, podrían o deberían regir la forma en que se conducen, viven y reaccionan los individuos ante los demás, debido a que toda conducta tiene implicaciones morales. Los líderes democráticos tienen muy claro que la buena conducta y buenas acciones son deseables y exigidas desde el punto de vista ético; mientras que para los autocráticos, las malas acciones y malas conductas son las que ponen en práctica. Para los primeros, tiene sentido conducirse bien y adoptar decisiones con buenas consecuencias, tanto en la vida personal como en cualesquiera de las decisiones que se deba apadrinar; es decir, para éstos tiene sentido conducirse éticamente; mientras que para los autocráticos esta serie de indicadores, no es tomada en cuenta con esta visión, sino que sus actuaciones están directamente relacionadas con su muy particular interés, llevándose por delante todos los valores históricos: no solamente de las organizaciones y/o instituciones, sino también de las sociedades dirigidas por ellos. En la historia reciente y actual hay muchos ejemplos de este tipo de liderazgo y las pésimas consecuencias que ha traído por su estilo de actuación.

Tanto la cultura social, como empresarial -influida por un liderazgo democrático- estimula un tipo conductual importante a las personas: las alienta hacia el autocontrol, definiendo los roles y expectativas para que la gente sepa qué tiene que hacer sin que se le controle de cerca; b) proporciona estabilidad al aportar un sentido de continuidad en medio de rápidos cambios; c) facilita la integración mediante un aprendizaje inteligente colectivo en los valores y creencias centrales; y d) fomenta y facilita la implementación de la estrategia, haciendo posible que todas las personas se comprometan con un cambio trascendental cuando éste está en sintonía con los valores éticos y los principios sanos de la colectividad. Con este tipo de liderazgo -democrático- se gestiona el cambio utilizando el modelo de K. Lewin, el cual implica las siguientes tres etapas: a) descongelar, la resistencia al cambio, reduciendo la ansiedad y el miedo de las personas; b) hacer el cambio; y c) volver a congelar: que consiste en fomentar y estimular las nuevas prácticas directivas y los nuevos comportamientos de las personas hasta que se conviertan en rutinas, llegando a ser la manera habitual de decidir y actuar.

¡Para implantar el cambio, los líderes autocráticos no toman en consideración las ideas expresadas anteriormente, lo cual trae como consecuencia una alta resistencia!