EL TRIÁNGULO DEL ÉXITO
GERENCIAL
"Una cosa es la autoridad que procede
de los atributos morales y otra muy
distinta es el poder que generalmente
tiene como fuente condiciones
externas al sujeto que lo ejerce"
V. Guédez
Sin lugar a dudas que uno de los
procedimientos más difíciles de llevar a cabo en el mundo organizacional es la
evaluación del desempeño o de la actuación, por cuanto la naturaleza del mismo es muy
complejo y obedece -en un alto porcentaje- a los procesos de percepción de los
evaluadores, que tienen que ver con la "sanidad" y "limpieza" de los
sentidos de las personas que están comprometidas para ejecutar tan delicada
responsabilidad, debido a que el futuro de cualquier trabajador está directamente
relacionado con el resultado de la evaluación. Entre las consecuencias más tangibles se
pueden mencionar entre otras las siguientes: los ascensos, los aumentos de sueldos y -por
supuesto- la continuación o no de la relación laboral. Todo esto se realiza con un
criterio altamente subjetivo. Las medidas subjetivas se ejecutan más fácilmente, por
cuanto conceden mayor libertad a los evaluadores; además, que muchos oficios o trabajos
no se prestan de por sí a mediciones objetivas. Se supone que, por definición, las
medidas subjetivas son de buen juicio. En la medida en que los evaluadores justiprecien a
sus trabajadores con medidas subjetivas, las que le parezcan buenas o malas
características de ellos, tendrán una influencia determinante en el resultado de la
evaluación.
Estos procesos de evaluación del rendimiento
cumplen con variados y complejos fines; entre ellos: a) se evalúa para adoptar decisiones
generales de recursos humanos; b) para decidir cosas importantes como: ascensos,
transferencias, promociones y hasta despidos; c) indican las habilidades y facultades de
los evaluados que ya son inadecuadas -debilidades- pero que pueden solventarse con
acciones de mejoras; d) sirven como criterio para validar los programas de reclutamiento,
selección y empleo y e) retroalimentan a los evaluados sobre cómo ve la organización su
desempeño.
El último modelo de valoración del desempeño son
las evaluaciones de 360º, con las que se consigue una retroalimentación de parte de todo
círculo de contactos que tenga el empleado que se está evaluando, desde el contacto
interno de baja categoría hasta los clientes, jefes y colegas. Este modelo es congruente
con las pruebas de que el desempeño de los trabajadores varía de acuerdo con el contexto
y que la gente se comporta de manera distinta en diferentes entornos; por tanto, recurre a
diversas fuentes y sirve para captar mejor esta variedad de estilo de comportamientos.
Las personas que ocupan cargos en los niveles
estratégicos organizacionales no escapan a esta realidad. En las corporaciones exitosas
han diseñado diferentes maneras de apreciar y evaluar el éxito de la gestión gerencial.
Entre tantos modelos de evaluación del desempeño gerencial, existe uno que se podría
relacionar con un triángulo en cuyos vértices estén contemplados los siguientes
elementos: autoridad moral, la resonancia emocional y la influencia intelectual. Este
nuevo instrumento es la antitesis de otro que ha regido por mucho tiempo la dirección de
las organizaciones y que vincula estrechamente estos tres elementos: el poder formal, la
razón intelectual y la imposición coactiva.
Los estudiosos de este interesante tema han tratado
de clarificar que una cosa es la autoridad que procede de los atributos morales y otra
significativamente distinta es el poder que generalmente tiene como fuente condiciones
extrañas a la persona que lo ejerce, por ejemplo: ubicación jerárquica en una
organización, posesión de dinero o fuerza física. Édgar Morin, destacado tratadista de
este apasionado tema, para establecer la diferencia entre la razón y la resonancia
emocional, afirma lo siguiente: "Cuando se racionaliza, termina traicionando
los hechos"; por cuanto la resonancia emocional es una energía envolvente
que tiene sus orígenes en las intuiciones y creencias más profundas.
Los resultados de estas investigaciones han venido
ratificando que existe una radical disfuncionalidad operativa entre la obligación que se
impone desde los niveles altos, con prepotencia y arrogancia, a la influencia que procede
en forma natural de las lealtades insobornables. Sobre esta realidad, otro especialista en
este tema, Warren Benis, observa en ese sentido que: "existe una resonancia
entre líderes y seguidores que los hace aliados en apoyo de una causa común".
Robert E. Thayer, de la Universidad del Estado de
California, ha diferenciado claramente cuatro estados primarios de la administración de
la energía humana, que influyen grandemente al éxito de toda persona que ejerza cargos
gerenciales en cualquier organización: a) acción tensa (alta tensión y alta
energía): que conlleva a exagerar la sensación de poder y promueve esfuerzos hacia
un objetivo tras otro sin mayores exigencias de reflexión; b) acción tranquila (alta
energía y baja tensión): que promueve sosiego y control de sí mismo, así como un
incremento de lo creativo y de lo legítimo; c) cansancio tenso (baja energía y baja
tensión): asociado con el desplome y puede inscribirse en un estado depresivo, baja
autoestima y de negatividad y d) cansancio tranquilo (baja energía y baja tensión): que
se traduce en relajación y en búsqueda de comodidad y reposo productivo como leer o
escuchar música.
La conclusión es que el éxito en el desempeño gerencial, depende
de cómo estas personas aprenden a administrar su energía, debido a que la acción tensa
y el cansancio tenso afectan el cuerpo, la mente, el corazón y el espíritu. En cambio,
la combinación de energía y tranquilidad promueven una disposición más generativa,
productiva y ética. |