PATRIARCALISMO, AUTOCRACIA Y GUERRA

 

"Mantente fuerte si es posible en
cualquier caso, mantente frío,
ten paciencia ilimitada, no acorrales
nunca a un oponente, y ayúdale
siempre a tener categoría"
J. F. Kennedy

Muchos tratadistas del comportamiento humano, entre los que se pueden mencionar la figura de H. Maturana; analizan el posible origen de la cultura patriarcal occidental cuando los cazadores del continente asiático –hace más o menos quince o veinte mil años– empezaron a eliminar a los lobos de las montañas, animales carnívoros que devastaban las manadas de renos que la gente de entonces necesitaba para cubrir una de las necesidades básicas: alimentarse. En estos escenarios, de acuerdo a dichos investigadores comienza por primera vez la apropiación, como secuela directa de la exclusión temporal del otro, en esta situación: el lobo. El siguiente escenario que se presenta en esa época es el pastoreo, que también es un proceso de exclusión, pero ya no temporal, sino sistematizado. ¡El patriarcado germina en esas circunstancias: con la apropiación surge la exclusión!.

Se mata al lobo, aparece el palo como un arma y -por supuesto- deviene la guerra, que sin lugar a dudas es un estilo de vida muy diferente del modo de vivir de las personas, trayendo como consecuencia la aparición de las jerarquías, la dominación y el sometimiento como dimensiones centrales de la coexistencia.

De acuerdo con el tratadista F. Cantóni, en referencia a la realidad narrada en el párrafo anterior, expresa lo siguiente: "Parecería, que la apropiación, la exclusión del otro, el acto de matar, las armas y la guerra, representan no una evolución sino una regresión de la humanidad hacia funcionamientos neurofisiológicos y emocionales primitivos". En medio de esta situación, sin temor a equivocaciones, la gente queda dividida de la siguiente forma: "En la época de niño, se establece una interrelación de mutuo respeto, de colaboración, de participación, de aceptación. Mientras que en la vida adulta, es necesario establecer una relación dependiente de la autoridad autocrática, en el sometimiento, en el enfrentamiento".

El investigador mencionado en el párrafo anterior basado en esta realidad afirma lo siguiente: "Si queremos vivir en una convivencia democrática, tenemos que asumir que la democracia se funda en el respeto por el otro y que el respeto se aprende en la relación materno-infantil". Que de acuerdo con la psicología evolutiva esa relación es una forma de existencia psicológica y social que se hace necesaria para preservar y promover el respeto y el amor de los seres humanos entre sí".

A pesar de que muchos historiadores consideran que la historia de la humanidad es la historia de las guerras, no siempre ha sido así. Muchas civilizaciones antiguas no mostraban signos bélicos, tampoco tenían edificaciones para defenderse del enemigo, no aparecían armas u objetos parecidos en sus tumbas, tampoco aparecían armas en los decorados; es decir, demuestran un escenario transaccional completamente diferente de aquellos que continuamente se mencionan en los libros de historia.

Sin lugar a dudas, en cualquier lapso de la historia, cazar significó: exterminar, y con estas circunstancias la sociedad pasó de ser una civilización de recolectores y cazadores, a una de apropiadores y depredadores. A partir de ese momento, la apropiación se hace legítima, se transforma en un estilo de vivir normal. La apropiación y la guerra tienen el mismo fundamento: la negación del otro y esta realidad convierte las relaciones simplemente patriarcales en relaciones de: "control y dominio".

Otro de los resultados interesantes de estas investigaciones ha sido la conceptualización de la naturaleza humana: "La gente son animales compartidores, pero no sólo de comida; también son seres genéticamente adaptados para compartir el poder. De esta afirmación sacan una conclusión muy importante: La gente, por naturaleza son seres cooperadores. Y aclaran: "Que la obediencia no es cooperación".

Es importante la conclusión anterior, por cuanto la cultura autocrática no está interesada en la cooperación (actuación de dos o más personas que operan simultánea y complementariamente). Juega a la política en el sentido de la instrumentalización de las relaciones de dominación y sometimiento y exige total obediencia. El líder autocrático, cuando no obtiene obediencia: insiste en ella, exige y, por fin, amparado en su poder, aplica sanciones. El líder democrático, en cambio, da órdenes y espera cooperación. Si no la obtiene, se detiene e indaga qué está pasando, primero en sí mismo: "¿Cuál puede ser o haber sido mi estilo de actuación para que no se presente la cooperación?